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lunes, 2 de mayo de 2011

Pasa en la vida real, pasa en TNT.

“Ustedes necesitan gente como yo para poder apuntar sus dedo y decir: “Ese es el malo”, ¿eso los hace buenos? No lo son. Solo saben cómo esconderse, como mentir. Yo no tengo ese problema. Yo, yo siempre digo la verdad. Inclusive cuando miento. Díganle buenas noches a este chico malo. !Por favor¡ Esta es la última vez que ven a un malo como yo.”Tony Montana.  Scarface.
La ficción es un asunto que supera a la realidad. Es más La realidad es una extensión de la ficción. Entrar y salir de una y otra es cosa de todos los días, como si de estaciones del metro se tratara.
Así el bien y el mal. Extremos de una misma cosa, subjetivos al punto de camuflarse uno con el otro. Un protagonista no se entiende sin un antagonista. En ocasiones el protagonista es rival de sí mismo. Igual en la vida real. 

La vida, en alcance a la ficción, eligió de entre sus castings, en el 2001 a un digno antagonista, uno que personificó con histrionía la maldad. Uno que pudiéramos ver y decir, a lo Tony Montana: ¡Ahí está el malo!. Todos conocimos a Osama Bin Laden. Mente y maestro criminal. 

Aderezado además por  un set que evocaba la cueva donde vivía Munra de los Thundercats y con un look contrastante al occidental (situación que desata de inmediato el odio a lo diferente), el Rey de los villanos (quien por cierto usaba un sencillo reloj Casio) ponía en jaque al mundo, exhibiendo la ineficacia de la liga de la justicia con su sede en Nueva York (faltaba menos). 

Aquel hombre de Arabia Saudita, que vivía en Afganistán, protegido por Pakistaníes, comandaba a un grupo de Sauditas y  Libaneses que integraban su ejército, uno sui generis, algo así como el lado obscuro de la fuerza. Sin armaduras, ni uniformes tradicionales, utilizaban turbantes, barbas, ropas blancas y una especie de babero rojo en el cuello (que después inclusive se puso de moda y fue in). 

Para que la trama estuviera completa, Osama, el nombre del terror, murió asesinado por súper agentes americanos en una mansión en Pakistan. Deduzco que el terrible Osama pasaba sus días a veces en su cueva y a veces degustando finos manjares y afeites en su mansión, jugando tennis y al frisbiecon un labrador. 

La historia queda vacía, el gran villano ha muerto. Queda por ahí el tal Gadaffi, ataviado en su uniforme militar colmado de medallas al estilo Mr Bison del Street Fighter, otras veces casual y relajado, con un bastón y  lentes Prada. Con la piel ajada y la mirada cruel, pero alegre en sus fiestas amenizadas por estrellas del nivel de Mariah Carey. 

 No es lo mismo. Nada, nunca lo será.  

Joel Hernández Vázquez.
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